Con la filosofía del ‘hardware’ libre podemos combatir la moral de la crisis.

Iván Blasco, fundador de un laboratorio de inventos, aboga por un cambio de paradigma en la investigación y en el modelo empresarial.

 

“Queremos aplicar la filosofía del software libre a los inventos tangibles, al hardware“. Iván Blasco, de 40 años, es uno de los nueve fundadores del “laboratorio de creación digital y tecnológica” Bilbao Makers, fundado hace unos cuatro meses. Hasta el pasado domingo 28 de julio tuvieron un puesto en la feria Euskal Encounter donde ofrecen demostraciones de realidad virtual y de impresoras en 3D. Buscan un cambio de paradigma en métodos de trabajo y en el modelo económico de la investigación, y creen que puede funcionar para combatir la moral minada que deja la crisis.

Diseñador de interiores con experiencia en maquinaria de control numérico, vio una conexión entre los dos ámbitos hace quince años y comenzó a fabricarse aparatos y herramientas para diseñar su propio mobiliario, como las impresoras en tres dimensiones. Hace año y medio comenzó a desarrollar con sus compañeros el proyecto del laboratorio y hoy enseña, entre otras cosas, a montar impresoras 3D. Hace dos semanas organizó junto a su equipo una feria con talleres y demostraciones de todo tipo de máquinas en Bilbao, desde grúas-tirolina hasta “impresoras” de tricot. Según Blasco tuvo mucho éxito: “Recibimos muchas propuestas para crear empresas. No querían financiación, querían el talento que les faltaba.”

De eso se trata el espíritu delhardware libre: colaborar. Para ganar dinero, sí, pero también para que “el vecino pueda enriquecerse”. Al fin y al cabo, se necesitan consumidores. Blasco cree que en el mercado de la tecnología avanzada, muy globalizado y dominado por grandes firmas, es prácticamente imposible competir como pequeña empresa si se siguen los patrones establecidos. Si registras un invento con una patente de Creative Commons (que permite mucha flexibilidad al compartir la propiedad intelectual), tienes más posibilidades de que otra gente tome parte y ayude espontáneamente, asegura. Los colaboradores se convertirán luego en clientes fidelizados. “Si no funciona, no funciona, pero nosotros lo vamos a intentar”, añade.

La idea de compartir inventos abiertamente tiene su nicho en Internet. La red de hackerspaces permite a distintas comunidades del mundo descargar proyectos de otros grupos gratis, como utilizar plastilina o plátanos en lugar de mandos de videoconsola, para trabajar con ellos e incluso mejorarlos.

Todos los jueves por la tarde los makers ofrecen sesiones abiertas en los que quien quiere presenta un invento o un proyecto que está desarrollando. Una de las sorpresas más agradables con las que se han encontrado es la disposición a colaborar del público. “Por ejemplo, pongamos que yo presento una máquina, una pieza no funciona y no sé mucho de electrónica. Pues de repente se acerca un miembro del público que sí sabe y te dice qué es lo que falla.”

“Si no dependes de nadie económicamente, te obligas

a trabajar para que funcione.”

Los participantes no tienen por qué saber nada de ciencia o tecnología. A Blasco lo que le interesa es “abrir el conocimiento” al público, más que las tecnologías que se utilicen para ello. “Lo de las impresoras en tres dimensiones es una moda”, y suscita el mismo tipo de atención que debió atraer el “taladro eléctrico” en su día (el New York Times ya lo mencionaba en un artículo de 1891). La máquina es sólo la herramienta para innovar e inventar, pero el contenido puede ser de cualquier tipo.

Por ejemplo, al trabajar ingenieros y cocineros juntos en los talleres de la organización, están probando a “imprimir con comida”. Han utilizado chocolate, que es cómodo porque se funde a bajas temperaturas: acoplan una jeringuilla a la impresora e “imprimen” una figura sobre una galleta. “Si hubiéramos mantenido la separación por gremios de siempre”, explica Blasco, “nunca se nos hubiera ocurrido algo así”.

No quieren depender de nadie: ni bancos, ni instituciones públicas. Para asegurarse la independencia creativa los nueve socios pusieron 50 euros al fundar el grupo, y aportan una cuota de 20 euros mensuales. “Te obligas a ti mismo a autofinanciarte, a trabajar para que funcione el proyecto.” La idea es que los participantes se preocupen de crear empresas que sean solventes e innovadoras, y que reporten algo a la comunidad. “Queremos enseñar a la comunidad que podemos ser autosuficientes, y crear empleo”, explica Blasco.

El grupo Bilbao Makers ha adquirido popularidad a una velocidad inesperada, y ahora tienen una lista de espera de entre 30 y 40 personas que quieren hacerse socios. Este inventor se muestra muy satisfecho con el “entusiasmo” de la gente, pero dice que el salto les pilló por sorpresa: “no tenemos medios ni infraestructura para crecer tan rápido”, explica, “nuestro espacio de trabajo, que compartimos con otras empresas, se llena completamente todos los jueves.”

¿Y no hay problemas de organización? “El aspecto de la financiación es muy complicado”, admite el inventor. Los miembros del grupo no tienen nada claro cómo repartirían los beneficios en caso de que alguien diera con un invento millonario, pero Blasco defiende que no hay que tener miedo al fracaso porque eso mata la creatividad.

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